Miércoles, 01 Abril 2020

C Cultural

Las murallas de Campeche, un punto importante de la ruta de los corsarios

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El encanto de las ciudades tranquilas, radica en la necesidad que tenemos los seres humanos de reflexionar y relajarnos, unos más que otros, pero en todos existe este obligación. Un panorama blanco, con vestigios de la historia por todos lados, hacen de Campeche una opción insuperable para eso.

Pero la bella ciudad, no siempre fue tan tranquila, en algún momento se vio invadida por corsarios, de aquellos con su loro en el hombro, parche en el ojo, barba y -como dijera el maestro Joaquín Sabina- cara de malos. Al encontrarse en la ruta de las embarcaciones, Campeche tuvo la necesidad de construir murallas que la protegieran de invasiones y ataques, legado que pertenece hasta nuestros días. 

Cual corsarios, nosotros decidimos invadir la ciudad, solamente que llegamos en son de paz y con el ánimo de vacacionar. Caminar y caminar, paladear la sazón de la región y aprender de historia eran algunos de nuestros objetivos, claro, sin dejar de lado una nadadita en aquellos legendarios mares.

El camino desde Chetumal, Quintana Roo es largo, pero es parte del trayecto para volver a la Ciudad de México en automóvil. Los 420 kilómetros y 5 horas y media de camino permiten al viajero extrañar la caminata, anhelar la comida y sentirse sedientos por el calorcito.

Al llegar a Campeche lo primero que vemos es una enorme estatua de un hombre saliendo de la tierra, sujetando una antorcha, monumento que marca nuestra proximidad al Centro de la Ciudad. La Carretera Costera del Golfo, por donde circulamos se encuentra en muy buenas condiciones, incluso nos permite ver el mar engalanado, como dijo Agustín Lara por “las palmeras borrachas de sol”. 

Pasamos la monumental bandera mexicana y en la Calle 51 giramos para buscar un lugar seguro, donde dejar el auto. Luego de 5 minutos, estacionamos el auto y a comer se ha dicho. Mariscos con un poco de arroz para mantenernos ligeros y una cerveza para rehidratarnos.

El sol es nuestro compañero, a las 15:00 horas, cae prácticamente de manera cenital sobre nuestras cabezas, aunque no nos impide recorrer a pie el Centro de la Ciudad, aventura que inmediatamente nos lleva al pasado. Para donde volteamos existen monumentos que nos remiten a 1540, año en que se fundó la ciudad. Una glorieta de la Calle 49 nos recuerda que el tiempo se quedó detenido en esta hermosa ciudad porteña, con su majestuosidad, una muralla circular sirve de separación para la circulación de los automóviles.

Nos recomiendan acudir a la Catedral de Nuestra Señora de la Purísima Concepción en la Plaza de la Constitución, declarada Patrimonio Cultural de la Humanidad y cuya decoración tiene un estilo neoclásico, que se puede ver desde el quiosco de la plaza, mientras nos refrescamos del intenso calor de más de 30 grados que nos acompaña por todo el recorrido.

Para nuestra mala fortuna, la histórica iglesia estaba cerrada, así que nos conformamos con mirarla por fuera y nos aproximamos a la Calle 10, porque vimos un transporte turístico llamado “Tranvía de la Ciudad”, en el cual hicimos un recorrido comentado por el Centro Histórico.

Regresamos al Centro para emprender una nueva caminata, ahora habrá que subir al Fuerte de San Miguel, un monumento histórico más de Campeche, aunque si lo pensamos bien, la ciudad en sí misma un vestigio palpable del esplendor novohispano.

Haciendo camino al andar como dijo Antonio Machado, transitamos 5 calles hasta la 8, para conocer el Baluarte San Carlos y ahí, justo en ese lugar, me declaro en contra de seguir caminando. El calor ha hecho mella en mis deseos de recorrer al pie toda la ciudad. Estamos lejos del auto, así que pedimos un taxi para ir al Fuerte, porque me interesa su historia y también las vistas desde aquel estratégico punto de la ciudad.

El taxista, un tanto fastidiado por el clima, nos explica brevemente que está lejos nuestro destino, aunque luego 10 minutos, estamos en la entrada del Fuerte, preguntándonos el concepto de la distancia y el tiempo que tienen aquí. Muy probablemente nos quería dejar e ir a casa a recuperar energías.

La entrada, cual palacio medieval, es una puerta que se convierte en puente, para dar acceso a los visitantes. Unos cuantos pasos son suficientes para retomar la expresión de sorpresa. Al interior, todo de piedra, pensamos en la época de esplendor, cuando todo esto era utilizado para defender el terruño y revalorar las relaciones interpersonales de los habitantes campechanos. Luego entonces, de dónde viene el concepto de campechano-bonachón, si los locales son muy trabajadores… no lo entiendo.

Ascendemos por una escalera, también de piedra y el sol nos saluda de nuevo. Llegamos a la “azotea” del Fuerte, impacientes por mirar el mar y tener la mejor de las perspectivas de la ciudad. El objetivo ha sido cumplido, el impacto que generan las postales en nosotros es grande.

Los cañones de la época, decoran todavía más el impresionante espacio y nos permiten pensar en las batallas que debieron haberse suscitado hace cientos de años.

Un lugar emblemático de nuestro querido México…

Viajar es un deleite y más cuando se hace en compañía. Lo espero en la próxima Crónica Turística y le dejo mi correo electrónico para cualquier comentario o sugerencia Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo.

 

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