Domingo, 12 Julio 2020

C Cultural

La Quebrada de Acapulco, el rincón de la adrenalina

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El clima es perfecto para la playa, el calor de 33 grados, permite al cuerpo ansiar el agua refrescante del Océano Pacífico con su oleaje variable, aunque mayormente mesurado de la Bahía de Acapulco. Nuestro hotel está muy céntrico, a penas pasamos la Glorieta de la Diana Cazadora y en 5 minutos sobre la Costera Miguel Alemán, llegamos a nuestro hospedaje.

El objetivo primordial es  La Quebrada, donde se lleva a cabo un ritual suigeneris, en el que un grupo de superhéroes, o al menos así perciben a lo lejos, saltan desde un acantilado, hasta el espacio donde rebota la furia de la mar, el rincón donde se concentra la adrenalina. Pero vamos por partes.

Primero es preciso comentar que del Centro de la Ciudad de México al hermoso Puerto de Acapulco son aproximadamente 5 horas de camino, en los que se recorren unos 380 kilómetros, a través de la llamada Autopista del Sol, que justo es decirlo, es un poco cara en materia de peajes, sin embargo es un precio que vale la pena pagar.

La salida de la antigua capital de la República fue a las 6 de la madrugada, con un poco de oscuridad, justo en el momento en que las pocas estrellas que se alcanzan a ver en la CDMX, son consumidas de manera voraz por el manto luminoso del nuevo día. En un rato, comenzamos a ver como el sol se asomaba por encima de los edificios y luego nos alcanzaba en la cima de los cerros que despiden a los viajeros que vamos a transitar “los caminos del sur”, aquellos que nos llevan para Guerrero.

A las 9 de la mañana, el sol nos comienza a dar una muestra de su poder, aunque es un gran augurio, pues a la playa, dijo un sabio amigo, “se va a tomar el sol para calentar el cuerpo y a beber unas cervezas muy frías para templarlo”.

Una enorme perforación en los cerros guerrerenses de casi tres kilómetros de extensión, obra de la ingeniería mexicana conocido como Maxitúnel Interurbano Acapulco, nos indica que estamos llegando a nuestro destino. Hambrientos, pero entusiastas, llegamos a almorzar. Una hamburguesa callejera nos ayuda a mitigar el apetito, al menos hasta la hora de la comida, donde disfrutaremos del bufete del hotel.

Una ducha nos aclimata, pues la humedad hizo efecto instantáneo en nuestro estado de ánimo, así que un baño era indispensable al concluir nuestros sagrados –aunque austeros- alimentos de bienvenida, para retomar energías y partir al espectáculo que nos llevó a esta zona del país: los clavados en La Quebrada.

Ya instalados y habiendo mirado la playa y olfateado ese peculiar y estimulante aroma del mar, a manera de saludo a Poseidón, pedimos un taxi para que nos traslade a La Quebrada, para el espectáculo de la tarde, porque queremos ver de día el salto de los colosos voladores, que dominan las aguas acapulqueñas.

El taxista nos comenta que solía haber más gente en el espectáculo nocturno, pero que estos días íbamos a encontrar más gente en el horario de la tarde. Nos explica que en este turno, el de las 12:45, podríamos entrar al restaurante La Perla del Hotel El Mirador, sin embargo, llegamos apurados y decidimos entrar con todo el mundo, a la intemperie, vivir la experiencia completa, quizá esa comodidad pueda ser más interesante para el salto nocturno.

El acto es tan rápido, que se va como un suspiro, apenas hemos llegado y los clavadistas ya están saludando al público. Encabezados por el personaje que porta una antorcha, los superhéroes morenos avanzan en una fila que irradia tensión y esperanza, cada uno se nota concentrado, enfocado en sus propias ideas, ensimismados pero expresando fortaleza en su lenguaje corporal.

En uno segundos, volteamos al acantilado y los vemos escalar. Uno a uno asciende a enfrentar el destino de todos los días, al parecer con la misma entereza en cada salto. Al llegar arriba, se reúnen y se aproximan a dos nichos con imágenes religiosas a elevar sus plegarias al eterno, para pedirle que los mantenga con bien.

Según nos contó el taxista, estos hombres de acero o mejor dicho, de cobre, arriesgan su vida por unos 10 mil pesos, para conservar una tradición que nació hace muchos años, cuando un grupo de pescadores se retaron a saltar de esa agreste y escarpada cima. 

Rápidamente se aproxima el primero, nos saluda a los espectadores, inhala profundo, se coloca en posición y estoico emprende el vuelo, cual gaviota, abre las alas y estéticamente, pero sin perder la fragilidad del ser humano que enfrenta en su terreno a la rústica naturaleza, apresura su aterrizaje y cual gaviota tras su presa, se clava en las azules aguas, dejando a todo mundo con la respiración pasmada, hasta verlo salir y levantar la mano en son de triunfo.

El siguiente hace lo mismo, luego el otro y el otro hasta terminar con el grupo. Nosotros solo aplausos podemos dedicar y respirar para recuperar el aliento, pues el espectáculo es extremo.

La insolación no importa, el entretenimiento es superlativo y solo sirve para finiquitar esta crónica turística e invitarlo a que me siga leyendo… y escuchando.

Recuerde que viajar es un deleite y más cuando se hace en compañía. Lo espero en la próxima Crónica Turística y le dejo mi correo electrónico para cualquier comentario o sugerencia Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo. y lo invito a seguirme en Spotify en Trejohector.

 

Noticias de Tlaxcala

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