Martes, 26 Mayo 2020

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El Monumento a la Revolución, una construcción inconclusa

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Siempre me ha gustado echar un vistazo a la historia de México y justamente uno de mis personajes favoritos es Don Porfirio Díaz, para unos un malhechor, para otros un progresista, lo cierto es que hizo grandes aportaciones a la nación, tanto en el plano económico-político, como en el cultural-social y una de esas grandes aportaciones es el Monumento a la Revolución, edificación que guarda una historia muy peculiar.

Mientras decidimos si llegamos en metro o nos vamos a pie para hacer hambre y sed y posteriormente armar un plan gastronómico, el buen amigo Beto nos cuenta la historia del monumento.

Resulta que en 1897, Díaz lanzó una convocatoria para construir la nueva sede de la Cámara de Diputados y de Senadores que fuera una obra monumental para conmemorar el centenario la Independencia, que se cumplía en 1910, sin embargo, las cosas no salieron como se esperaba, pues diversos factores, empezando por el dinero que se requería, las quejas de los opositores al gobierno, el suelo endeble de la Ciudad de México y sobre todo el inicio de la Revolución Mexicana el 20 de noviembre de 1910, justo 3 días antes de que se colocara la primera piedra de esta estructura, hicieron que todo ello cambiara.

La construcción se quedó inconclusa y con el paso del tiempo sufrió grandes cambios y tuvo que quedarse como estaba, aunque poco a poco se le fueron agregando elementos para que luciera tan bella como hoy en día se ve, sin que esto fuera el resultado que se esperaba al principio.

Bueno, pero para llegar ahí, tuvimos que considerar que está a tres kilómetros de la Plaza de la Constitución, mejor conocida como Zócalo de la Ciudad de México. Ante lo cual, decidimos subirnos al Sistema de Transporte Colectivo Metro.

Así pues, a cuatro estaciones del Metro sobre la Línea 2, partiendo de Zócalo y saliendo precisamente en Revolución, en cuestión de 10 minutos llegamos al bello espacio habilitado para los visitantes del Monumento, que además cuenta con un museo donde se encuentran figuras revolucionarias de tamaño natural.

Ubicado para ser preciso en Plaza de la República s/n, Col. Tabacalera, la llegada del metro al lugar es muy sencilla. Salimos de la estación y lo primero que vemos es la concurrida Avenida Puente de Alvarado y caminamos a donde hace esquina con la calle Ponciano Arriaga y desde que caminamos por esa calle, al levantar la vista, podemos ver la magnificencia del Monumento, que salta a la vista por encima de toda construcción de la zona.

Caminamos unos pasos y aunque hay muchos árboles que hacen tolerante nuestro breve trayecto, el sol de medio día es devastador y exige hidratarse, así que pasamos a una pequeña tienda que encontramos en nuestro camino para comprar agua y comenzar con la visita.

La impresión obliga a la acción y lo primero es evidenciar las magníficas postales que tenemos enfrente, llegamos del lado derecho del Monumento, pero pasamos abajo para poder acceder a la taquilla y comprar un boleto para el elevador panorámico que hace unos años reabrieron y mejoraron, junto con el museo. Las perspectivas de la Ciudad son insuperables.

Luego de conseguir los boletos, el bullicio nos atrae y vemos como mucha gente disfruta de las fuentes en la zona frontal del monumento, niños, adolescentes y también adultos, deciden mojarse para refrescar un poco sus cuerpos, pasando por los diversos chorros de agua que emanan del piso de la plazuela.

Las fotos no pueden esperar, se trata de una pieza importante de la historia de México, que se han apropiado los ciudadanos de hoy en día de la Ciudad de México, pues no solo es la regadera de las masas, también es el punto de encuentro de mucho, mexicanos y extranjeros, que muy comúnmente se hospedan en los grandes hoteles de la Avenida Reforma, que está a tres calles de ahí.

Parte de la construcción, deja ver algunos lugares donde la sombra del Monumento sirve para calmar los 29 grados de temperatura y es ahí donde buscamos un lugar mientras pedimos una paletita de hielo. La mía de tamarindo.

Por fin nos toca subir y los que esperaba es mucho menos de lo que me toca presenciar. El interior del Monumento se percibe muy metálico y es que precisamente nos cuentan que la base de la construcción es metálica. La cúpula cobriza deja ver un domo cuadriculado que da la sensación de estar en una gran burbuja marrón, cual templo religioso, pero sin los prolongados silencios de éstas.

Mirar alrededor del monumento, invita a realizar más paseos por la zona, vemos cafés, restaurantes y cantinas, sin olvidar el histórico “Frontón México”, que se encuentra a un costado de la plaza de las fuentes, un edificio celebre porque reunía a políticos y artistas para presenciar a los mejores pelotaris mexicanos y de otras partes del mundo, hoy convertido en un centro de espectáculos.

Descender es la peor parte de la visita, pues quiere decir que se acabó el recorrido, aunque sigue la comida y tendremos que decidir a dónde vamos ahora.

Un hermoso espacio que es visita obligada para turistas y citadinos, aunque por la cuarentena, estará cerrado. Por el momento, no olvide quedarse en casa, seamos solidarios.

Recuerde que viajar es un deleite y más cuando se hace en compañía. Lo espero en la próxima Crónica Turística y le dejo mi correo electrónico para cualquier comentario o sugerencia Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo. y lo invito a seguirme en Spotify en Crónicas Turísticas.

 

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