Jueves, 17 Enero 2019

E El baúl del recuerdo

La revolución mexicana, ¿una historia mal contada?

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La Revolución mexicana goza del don de la resurrección. Ha sido declarada muerta en varias ocasiones a lo largo del siglo XX, regresó de entre los muertos tantas veces como fue necesario para acomodarse en el imaginario de la sociedad. Volvió del más allá para ser nacionalista, para avalar la modernización, para acercarse a la izquierda, para transformarse en populista y hasta para cantar sus loas junto a la nueva modernidad que recorrió el país a finales del siglo pasado. 

La historia oficial convirtió a la revolución en un dogma de fe, en discurso ideológico, en infalible retórica por la que desfilan como un solo hombre: Madero, Zapata, Carranza, Villa, Obregón, Domingo Arenas, Cirilo Arenas y muchos caudillos más, seguidos por una intensa cauda de hombres con una clara conciencia de lo que significa el interés nacional y el bien de la Patria

Hoy el Baúl de los Recuerdos se abre para recordar que este año se cumplieron ciento un años del asesinato de Domingo Arenas Pérez. Para algunos, es el personaje más representativo en la región durante el periodo de la revolución mexicana; para otros sólo representa la figura de un bandolero, ladrón y asesino de los inicios del siglo anterior.   

La pregunta obligada es: ¿Qué es una revolución? Desde el punto de vista científico una revolución es la reacción violenta saludable de un organismo, contra la infección que la ha invadido. 

Coloquialmente, podemos decir que una revolución es una simple indigestión mortal. Es claro que la intensidad de la reacción debe corresponder a la intensidad del envenenamiento en el que las náuseas, la diarrea, los sudores copiosos, no son la enfermedad, sino manifestaciones de los saludables medios de que el organismo se vale para su desinfección.

En los casos graves de revolución social, hay diarreas de sangre, vómitos pestilentes de pasiones rastreras, transpiración tóxica abundante de crueldad, de iniquidad, de bestialidad, hay saqueo de agua al cuerpo, particularmente a la sangre conduciendo a la asfixia, sincopes alarmantes, calambres en todos los intereses, palidez en todas las virtudes públicas y privadas, cobardías inconcebibles, chocando contra heroísmos admirables, hombres selectos fraternizando con presidiarios célebres, damas encopetadas en orgías de cuartel, reptiles volando sobre águilas, parásitos hambrientos proclamándose sacerdotes del culto a la patria, alimañas de pantanos ecuatoriales proponiéndose para mariposas de jardín, una emulsión pavorosa de lo bueno y lo malo, de lo horrible y lo bello, de lo fuerte y lo podrido, sonando a banquetes de ratas en destapadas sepulturas, a la puerta de templos donde los dioses pierden la fe en sí mismos con el estruendo del cataclismo.

Resultado: un millón de muertos, una terrible lucha por el poder entre los jefes revolucionarios, tres sucesiones presidenciales bañadas en sangre y hasta nuestros días  un régimen autoritario e impune sustentado en un partido político, que a través de más de cien años ha mejorado sus métodos de control político y permanencia en el poder, permitiendo una alternancia disfrazada,  que cada 20 de noviembre grita ¡Viva México! ¡Viva la Revolución!, mientras deportistas y burócratas desfilan con vistosos pants por las todas las  calles  de  nuestro país.

A más de cien años de su inicio, el mayor problema de la Revolución Mexicana es que no la conocemos. El hecho se convirtió en mito y aprendimos una historia mal contada porque parte de la mentira, de la invención, de la interpretación a modo, o se perdía en el idealismo romántico o en la justicia de la causa.  Seguramente usted  estará buscando un culpable y no fue necesario ir tan lejos, sólo bastó acercarse a un libro de historia, de esos que nos cuenta la historia oficial y cuyo lema es “La historia se escribe sobre la espalda de los vencidos”.

Resulta que las promesas de bienestar social, crecimiento económico y desarrollo lanzadas en nombre de la Revolución  Mexicana, se han transformado en una serie de crisis económicas que han asolado al país desde 1970 hasta nuestros días, conocidas en algún tiempo como devaluaciones y posteriormente como ajustes económicos. Esta situación ha permitido tomar distancia y ver con ojos críticos el tan sonado proceso histórico revolucionario y a sus protagonistas, a quienes debemos apreciar sin el halo de santidad o malignidad con que fueron llevados al panteón cívico de la historia nacional.

Es el momento de ver a la Revolución Mexicana sin héroes ni villanos, lo que importa es la naturaleza humana con sus claroscuros. Por encima de las ideas o los principios que dieron origen al movimiento armado de 1910. La Revolución Mexicana trastocó por completo la realidad. Fue el tiempo de la violencia, de las personalidades llevadas al límite, de los excesos en todo su esplendor, el tiempo de lo imposible vuelto costumbre y de lo inaudito; de la muerte y la destrucción, del desquiciamiento colectivo. Tiempo del drama y de los actores del drama que lo llevaron hasta las últimas consecuencias.

Finalmente podemos concluir que entre los actores de la Revolución Mexicana, ni los buenos fueron tan buenos, ni los malos fueron tan malos, todo depende del cristal  con que se mire. Las expectativas se abren desde el 1 de julio de 2018 y se espera otra revolución, desde luego, no armada, el tiempo lo dirá

Bibliografía:

Las dos caras de la historia; 

Autor: Alejandro Rosas

Editorial Grijalbo

 

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Noticias de Tlaxcala

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